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sábado, 3 de septiembre de 2016

EL PETRÓLEO

El poderío de los países del Golfo se debe a la historia geológica esta misteriosa materia, el petróleo.
Todas las grandes cuencas petrolíferas del mundo se encuentran en suelos que han sustituido a mares desaparecidos. En el Oriente Medio, África del Norte, pero también en Texas, en California, en Venezuela, en Alaska o en Siberia ...
Aunque no todos los petróleos tienen la misma calidad. La extracción y pro-ducción de los llamados «pesados» son muy onerosas. Por eso, geólogos y los indus-triales del petróleo concentraron sus actividades en los campos donde se podía bombear el líquido en la superficie, por simple presión natural o por métodos calóricos o químicos.
La espectacular aparición del petróleo en el Oriente Medio, en los treinta, se debió al hecho de que esta región presenta las características más favorables. En los campos de petróleo libios, kuwaitianos o sauditas se llegan a extraer de 12.000 a 20.000 barriles diarios en la superficie del pozo. Mientras que los pozos de los Estados Unidos proporcionan, por término medio, ¡17 barriles al día!
Los campos del mar del Norte, del Canadá y de los Estados Unidos proporcionan un petróleo que cuesta, en el momento de la extracción, de 9 a 10 dólares el barril. En cambio, sólo cuesta un dólar en los campos de Ghawhar, en Arabia, o de Burgan, en Kuwait.
Por eso no ha dejado de aumentar la ventaja decisiva de los países del Golfo.
Conocido desde la Antigüedad, el petróleo no entró en la vida de los hombres hasta mediados del siglo XIX. En los Estados Unidos, cuando rezumaba en el suelo o brotaba espontáneamente, era recogido para utilizarlo en medicina, con el nombre de aceite de Séneca. Después, algunos tuvieron la idea de emplearlo para el alumbrado.
Otros pensaron entonces que se podrían obtener mayores cantidades excavando el suelo. Pero, ¿cómo hacerlo? Y, ¿para qué?
Por uno de esos azares de la vida, un empleado del ferrocarril, Edwin Drake, fue jubilado y se retiró al pueblecito de Titusville, en Pensilvania, donde se observaban, acá y allá, huellas del líquido pardo y viscoso.
Después de cruzar una apuesta con su amigo el herrero William Smith, decidió, en otoño de 1858, hacer un agujero en una roca manchada con el aceite de Séneca.. Los dos hombres montaron un balancín, unos puntales, una cuerda y un taladro, y empezaron a perforar. Pero llegó el frío y tuvieron que interrumpir su faena hasta la primavera siguiente.
El trabajo se prolongó, y los fondos escasearon. Entonces crean una pe­queña sociedad, la «Seneca Oil Co.», en la que ingresan unos cuantos vecinos. El sábado 29 de agosto de 1859, por la tarde, en el momento en que alcanzan los 20 metros de profundidad, ven por primera vez, en el fondo del agujero, la capa de líquido que buscaban. Y surge el petróleo.
La historia del petróleo va a empezar.
Habiendo oído hablar del yacimiento de Drake, otros hombres de Pen­silvania se dan a la tarea de horadar pozos en los valles vecinos y en el conjunto de la región que será denominada «Oil Creek» (río de petróleo). Otros, hacen lo propio en California, en el Middle West, en Texas. Pero no hay compra­dores. Los prospectores de vanguardia sólo pueden vender el líquido al precio de 10 centavos el barril y, por cierto, no cubren gastos. La actividad se retrasa y, al fin, se interrumpe. Transcurrirá una veintena de años antes de que aparezca otro pionero. Este era un contable de una modesta sociedad de Cleveland, y, con él, llegó el genio finan­ciero del petróleo: John D. Rockefeller.
Con su austeridad de baptista, su ardor en el trabajo y su brutalidad legendaria para tratar a los obreros y a la asociación, Rockefeller fundó en 1880 la «Standard Oil Trust», cuyo desarrollo y fortuna no conocerían pausas ni límite, convirtiéndola en símbolo supremo del capitalismo. Y en la primera de las grandes Compañías.
Escuchando a Rockefeller y estudiando su producto, otro genio, Henry Ford, montó, quince años más tarde, el motor de explosión en los primeros automóviles.
Se habían reunido las condiciones de la explotación sistemática del petróleo y de la motorización de la sociedad industrial. Debemos, pues, a Drake, a Rockefeller y a Ford, la aventura industrial moderna.
El petróleo, explotado sin medida, se ha hecho indispensable para tan­tas cosas de la vida, que la idea de privarse de él parece inaceptable e incluso irrealizable. Sin duda por esto, el conjunto de los países industriales no ha hecho prácticamente nada, en el curso de los años 70-80, es decir, frenar de prisa y bien el consumo de petróleo, a pesar de que era evidente la existencia de la crisis y de la imperiosa necesidad de tomar medidas.
Los Estados Unidos deben ahora importar más de la mitad de su consumo de petróleo y su coste pasó de 42.000 millones a 80.000 millones de dólares, en los años 80.
Y si Estados Unidos, en los años 80, dependía del petróleo exterior en un 40%, Europa y Japón cifraban esa cantidad en 80%.

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